Alberto es mi primo, ese que siempre está ahí para escucharme y entenderme. Es el que no me juzga y me aconseja, el que me quiere por lo que soy y no por lo que tengo. Ese que nunca me va a abandonar, ese al que quiero con todas mis fuerzas.
Alberto, aquel rollo de una noche, aquella pasión furtiva, aquellos ojos verdes, aquel hola y adiós, aquel nunca jamás.
Alberto, el escritor de mis sueños, el que me hace volar a otros mundos, el que me guía en mi ignorancia hacia el camino del saber.
Alberto fue el que me engañó, el que me convirtió en la otra de su otra, el que me ilusionó con vanalidades, el que me ofreció una vida a parte. El que llamaba a diario y prometió volver a llamar, pero que jamás llamó. El que sigue en algún rinconcito de mi mente, aunque no de mi alma. El que era un perfecto imperfecto.
Alberto, el último pero quizá no el mejor, es el trompetista de mi nueva ilusión. Es los ojos en los que me pierdo en la noche lagunera, el casisimpático ausente que ocupa todos mis pensamientos, el polvo de talco perfecto para este sentimiento a flor de piel. Es la sonrisa de la calle. Es el hoyuelo en el que me hundiría. Es una historia sin escribir, una canción que resuena en mi alma.
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